lunes, 1 de octubre de 2007

Seychelles: El Jardín del Edén

"La Isla bonita, vista a lo lejos, estaba dibujada limpia y delgada, iluminada por el sol casi en su totalidad… Era como una mujer porque, a pesar de estar tumbada, su horizonte se componía de líneas redondas con todos sus ángulos disimulados. La isla entera olía a barro árabe, a té verde, a cocotero, a pachulí, a ylang-ylang: Olía a esa frescura femenina que tiene el clavel recién regado."

Texto y fotografías: Óscar Quirós


Farqhuar, Moyenne, Aride, Silhouette, nombres sugerentes que evocan historias pasadas de piratas, tesoros enterrados, comercio de especias, copra y esclavos … son algunas de las 115 islas, atolones y bancos de arrecifes diseminados en el Océano Índico en un área de 1.300.000 kilómetros cuadrados de extensión marina que componen las Seychelles.

El Boeing 767 de la compañía Air Seychelles está realizando las maniobras de aproximación al aeropuerto internacional de Mahe, después de haber sobrevolado las vastas extensiones de arena del desierto argelino, el Hoggar y el Tassili; las llanuras de la sabana kenyata, el cráter del eternamente nevado Kilimanjaro, la costa de Mombasa, la Isla de Zanzíbar … nueve horas de vuelo, con mi prominente nariz pegada a la ventanilla y una escala en Nairobi son suficientes para acercarnos a este soñado paraíso, al Jardín del Edén…

Estoy sorprendido de la luminosidad de la isla. Mi cuerpo se inunda del cantar de los pájaros, de los verdes palmerales que rodean la sinuosa carretera que me lleva hasta el Hotel Berjaya, situado en la playa de Beau Vallon Bay. La verdad es que he llegado cansado, pero ya tengo ganas de salir a patear y recorrer esta isla de 24 kilómetros de largo y 8 de ancho antes de embarcarnos en la pequeña aventura que hemos venido a vivir.

Mahe es conocida como "La Isla de la Abundancia". No me la esperaba tan montañosa, tan tropical… Está comenzando a caer una "shower", una fuerte pero corta tormenta tropical que mantiene la isla como un vergel y me alivia un poco del calor y la humedad sofocante. Aparece un nuevo sonido en mis oídos que se me hará muy característico durante mi estancia: El "clop-clop" metálico de las gruesas gotas de agua martilleando los techos de uralita de las modestas viviendas de los locales.

Me siento feliz de haber venido.

- Bonzour Dalon, konman sava ? (Buenos días, amigo, cómo está ?).

- Byen, mersi bokou. (Bien, muchas gracias).

Mi primer contacto con un habitante de las Seychelles es correcto, agradable aunque ambos nos mostramos un poco escépticos. Un vasito de cerveza se encarga de levantar barreras entre ambos mientras recopilaba información sobre Victoria, la capital, sus mercados, la embajada, etc.… poco a poco comienza a brotar una sonrisa en su negra faz mezcla de rasgos africanos e hindúes.

- De labyer, sivouple. (Dos cervezas, por favor).

La noche va entrando al compás de música reagge. Una última mirada a este cielo del hemisferio sur antes de dormir.

Parece que no ha parado de llover en toda la noche. La isla despierta con un fuerte calor provocado por el sol y la humedad procedente de la vegetación. Tras un nutritivo desayuno a base de frutas tropicales, papayas, sandías y cocos, me dirijo hacia Victoria.

Por la mañana la actividad es intensa en las avenidas de la ciudad. Hombres y mujeres con trajes que evocan los tiempos pasados de esta colonia británica caminan por la Avenida de la Independencia entre bancos y locales comerciales. Llego hasta la plaza donde se encuentra la Clock Tower, un mini Big-Ben réplica de un reloj que se encuentra en Londres en el Puente Vauxhall, erigido por subscripción pública en 1.903 cuando la Reina Victoria concedió a Seychelles la autonomía de este archipiélago con respecto a Isla Mauricio.

Subo por otra moderna avenida, Albert, buscando la catedral y el famoso mercado donde se ven enormes peces espada y marlines recién sacados del mar y una gran variedad de frutos tropicales que le confieren un exótico colorido. Me extraño al ver la Embajada de Cuba, la Rusa y la China a escasos metros unas de otras. Las calles están llenas de fotos del Presidente de la nación… pregunto discretamente y me confirman que Seychelles es una República Socialista con un régimen presidencialista muy fuerte, pero que es miembro de la Commonwealth y mantienen unas estrechas relaciones con la Comunidad Europea y, especialmente, con su antigua metrópoli.

El regreso al hotel lo vamos a hacer a través del Parque Nacional Morne Seychellois que abarca un área de 3.045 hectáreas entre la costa Oeste y el macizo central de la isla. El parque contiene la mayoría de las especies endémicas de la isla, tanto de aves como el kestrel, como de flora incluyendo cinco tipos de palmeras únicas. Aquí, además, se encuentra el pico más alto de la isla, el Morne Blanc que se eleva a 906 metros sobre el nivel del Índico.

Hemos encontrado tres tortugas gigantes en el camino. No sé que es más impresionante, su tamaño, su peso o sus 150 años de edad… Me dicen que hay tres clases de tortugas en las islas y estas corresponden a las Tortugas Verdes. Otra de las especies es conocida como Tortuga de Piel de Cuero por el color de su concha… También son muy abundantes los murciélagos, los camaleones verdes y la serpiente zorro de Seychelles, que se encargan de mantener a raya la población de insectos.


A través de un atajo, llegamos a La Misión, curiosos vestigios de uno de los primeros asentamientos religiosos europeos. Pero la belleza del lugar no está en las cuatro viejas piedras, sino en la preciosa vista panorámica que desde aquí se observa de la isla verde.

Sobre la marcha decidí sacarle el máximo provecho al alquiler del Mini-Moke (un coche entre carrito de golf y el histórico Mini Morris inglés). Me sentía como Mr. Bean conduciendo por la izquierda por tortuosas carreteras pitando cada vez que aparecía un coche. Los ingleses conducen por la izquierda, en Seychelles por el medio. Existen 6.000 vehículos en la isla… se declaran 1.000 accidentes de tráfico al año … glubs!

Comencé subiendo al Norte de la isla desde Beau Vallon Baie por una carretera que bordea esta bella costa jalonada de pequeños y tranquilos hoteles. Hice un pequeño alto para comer en uno de éstos: el Sunset Beach. Aquí había enviado a varios de mis clientes así que decidí presentarme y conocerlo. Mi sorpresa fue que una bellísima directora me recibió y me invitó a comer en su mesa tras un intercambio de tarjetas y un apretón de manos.

La gastronomía que ofrecen los hoteles es deliciosa, recomiendo al futuro visitante que trate de tener el máximo de comidas incluidas cuando viaje a este país ya que un menú normal no baja de 4.000 ptas. Los productos de importación, aparentemente habituales como las patatas, son especialmente caros y difíciles de conseguir.

Otra aconsejable costumbre es probar todo y comer sin rechistar, aunque pienses repetir plato. Y no como yo. Luego del café se pregunta sobre los platos elegidos. Puede haber sorpresas …

- Chicken ??? (¿Pollo?, dije relamiéndome.)

- No, je je, it's fruit-bat, a creole dish!!! (no, murciélago, plato típico criollo)

No sé que maniobras tuve que hacer para mantener mi entereza pero, reconozco que es delicioso.

Llegué hasta las playas de Anse Nord-D'Est y Anse Etoile donde pude revivir aquellas imágenes de playas de fina arena blanca y enormes monolitos de granito. El agua cálida, azul, salina, el arrecife de coral protegiendo la costa de mareas y escualos.

A la mañana siguiente, retomé mi iniciativa de explorar la isla pero, esta vez, en dirección al Sur.

Partí, otra vez, hacia Victoria para devolver el coche y continuar, caminando, por la carretera que me trajo del aeropuerto, dejando a la izquierda las Islas del Ciervo (Île du Cerf) y Moyenne que pertenecen al Parque Nacional Marino de St. Anne.

Cuando la noche amenazaba con caer, decidí acampar en la base del Mont Plaisir y dirigirme a la cercana playa Anse aux Courbes a darme un chapuzón para sobrellevar el cansancio producido por la caminata y la humedad. De regreso a mi vivac, hecho a base de hojas de palmera, plástico y troncos anudados, me encontré una pequeña caseta de hojalata señalizada con la marca de cerveza local donde pude reponer fuerzas con un plato de atún a la plancha acompañado de frutas de todos los colores.

Antes de llegar al poblado de Takamaka, tomé un camino bacheado y arenoso que me iba a conducir a Anse Intendance.

Quiero ser sincero. En mi vida he visto una playa tan hermosa, tan llena de luz, rodeada de tan inmenso palmeral. La playa donde todo naufrago desearía recostarse alguna vez y pasar el resto de su vida tapando sus huellas humanas en la fúlgida arena, por si a algún maldito marinero se le ocurriera, algún día, ir a recogerle.

¡No! No haría fuegos. Escondería mi choza en el palmeral. No tiraría mensajes en ninguna botella. No pediría socorro. Es … el sitio …

Hice una bola con la pegajosa ropa que llevaba puesta y me lancé al Océano Índico a la carrera. A los dos metros de entrar me cubría el agua por el cuello. La marea me devoraba a lo más profundo mientras las enormes olas trataban desesperadamente de devolverme a la playa. Me sentía como un ser extraño en un medio, el agua, que no era el mío. La sabia mar tenía razón. Debo regresar a la playa … - pero me quedaré allí - pensé.

Pasados unos días de viento, galernas, y otros de sol resplandeciente abandoné Intendance a sabiendas que nunca debería haber dejado ese lugar hasta estar realmente aburrido de mi felicidad y de la "abundancia" que me rodeaba.

Decidí que la pequeña cueva, que había sido mi amiga y salvaguarda, sería mi mayor secreto. No saldrá en mis mapas, no haré planos … volveré aquí y el mar me ayudará a reencontrarla. Prometido !!!

Después de unos días conviviendo con el lujo de la falta de necesidad, encaré la costa Oeste de la isla, para convivir, por un ratito, con la escasez del frenético frenesí del consumo.

Llegué - con cara de Robinson Crusoe mirando a su mujer, veinte años después en el muelle de Southampton, como diciendo: ¡Joder! ¿Otra vez tú aquí ? - a un hotel de lujo dispuesto a afrontar una buena bañera y una suculenta cena de buffet.

¡¡¡ Degenerado occidental !!! - me dije.-

En la recepción di mi nombre, aunque me negué a identificarme para evitar "protocolos" antes de un buen aseo.

Un poco decepcionante la espuma del jacuzzi comparado con la efervescencia y los masajes de las aguas de días pasados.

Preparado para acometer una cena de trabajo con el director del hotel y la Ministra de Turismo, salí decidido con un modesto traje a la recepción del hotel. La gente me señalaba y no sabía si reconocían en mi al mochilero que una hora antes se había registrado en el hotel.

Con mi mejor inglés pregunté por el director, pidiéndome que esperara un momento. La bella seychelloise, hizo "clic" con los dedos mientras acariciaba con las yemas de sus dedos los números de la extensión telefónica. En seguida entendí la señal, ya que un compañero suyo me entregó un empalagoso cóctel de frutas para que me hiciera menos eterna mi espera. - ¿Servicio V.I.P.?, mejor quedarían con una Mahou de tercio … - A veces, añoro mi país …

La cena fue muy fructífera: El director del hotel es español, de Guadalajara y la Ministra era una criolla con esa flemática arrogancia británica, tratando de ser, a la vez, una elegante mujer parisienne sin aportar nada nuevo a nuestra conversación.

Aún recuerdo la cara del conserje cuando, por la mañana, guardé toda la colección de prestigiosas credit-cards en el andrajoso macuto que ya era una parte más de mi espalda.

Decidí regresar en "Mini-Moke" al hotel que me servía de base, por la carretera de la costa, disfrutando de la bella arquitectura colonial que ofrecían algunos elegantes edificios victorianos, repartidos entre chabolas con el techo de uralita y extensas plantaciones de caña de azúcar. La carretera de la costa es preciosa, salpicada de recónditas playas desiertas y parajes de belleza inimaginable.

Enamorado de esta isla que debe su nombre a Mahé de Labourdonnais, gobernador de Île de France en 1.735, decidí tomar un vuelo a la cercana Isla de Praslín.

En la avioneta caben únicamente 18 pasajeros apretados. La cabina del piloto no tenía puerta, por lo que todos podíamos observar el cuadro de mandos y los movimientos del piloto; un joven ario uniformado y moreno.

Antes de tomar pista para despegar se giró y levantando su dedo gordo nos grito: O.K. ???? recibiendo la misma contestación del pasaje. Acto seguido comenzaron a girar las hélices y a movernos bruscamente por la pista.

Al cuarto bote, por fin, la avioneta despegó.

Tras quince minutos sobrevolando islotes y atolones tomamos tierra en el aeropuerto de Praslin en Amitié.

Descubierta por el navegante francés Lazare Picault, la denominó "la Isla de las Palmas" (Île de Palme) por la abundancia de ellas, especialmente en las colinas del interior de esta isla que, con sus 11 kilómetros de largo y sus 5 y medio de ancho, se convierte en la segunda isla más grande de esta República tan bananera como paradisíaca.

La verdad es que con este tamaño, lo mejor es recorrerla en bicicleta, para no dejar pasar ni uno de los detalles de su paisaje.

A escasos kilómetros, se encuentra el Hotel Flying Dutchman. Un hotel con cinco habitaciones que en su segunda planta es una galería de arte. Aquí los clientes vienen a pintar. El director imparte clases y les proporciona lienzos, óleos, pinceles, aparte de tener una pequeña exposición con sus cuadros. La música de Enya envuelve esta atmósfera de arte y relax junto a la playa de Grand Anse. La media de estancia de sus clientes es de dos a tres semanas. Generalmente, repiten y no visitan otras islas. No quieren saber nada de noticias, periódicos o televisión. Por eso, el propietario, ha cambiado el salón de televisión, por una lavandería donde sus huéspedes pueden lavarse, ellos mismos, su ropa manchada, generalmente, de leche de coco y algunas indiscretas gotas de óleo que se escapan de sus pinceles...

Continúo por la costa encontrándome playas con nombres tan evocadores como Anse Bois de Rose, Anse de Petit Cour o Anse L'Amour donde paré a refrescarme y me encontré a una bellísima niña europea bebiéndose un coco bajo una inmensa palmera. Con su mirada dulce me permitió hacerle una de esas fotos que uno no se aburre nunca de mirar.

Llegué, al fin a Anse Volbert donde me esperaba mi hotel, esta vez el Berjaya Praslín Beach. La verdad es que, como estaba invitado, no podía quejarme de nada pero, a pesar de la publicidad que realizan, no está situado en primera línea de playa y, para colmo, me dieron una habitación que tenía vistas a un gallinero que proveía al hotel.

La playa, eso sí, es espectacular. En frente hay un islote, como a 700 metros, que se puede acceder a él por una lengua de arena coralina que no permite al Océano alcanzar más de un metro de profundidad.

Bien temprano, salí hacia la Vallée de Mai, un Parque Nacional protegido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, por lo que tuve que retroceder por la carretera de la costa hasta Baie St. Anne, la capital de la isla.

St. Anne ofrece algunos bancos, tiendas, hospital, iglesia, dos discotecas y un curioso monumento dedicado al Coco de Mar. Una capital muy básica, pequeña y apacible que dispone de luz eléctrica desde 1.981.

Para acceder al Parque hay que pagar una entrada en la recepción donde el viajero recibe unas normas de obligado cumplimiento. Las visitas son guiadas y hay tres itinerarios a elegir. Sugiero el más completo, aunque me advierten que es el menos fácil de realizar. Este tipo de cosas sólo se ven una vez en la vida, y, aunque alguien quiera repetir un viaje años después, no sabe si se va a encontrar todo igual, de hecho, un incendio estuvo a punto de hacer desaparecer este bello paraje natural hace dos años.

Hoy, he tenido suerte. Soy la única persona que ha elegido esa opción. Así que tengo "guía privado". Rápidamente, entablamos conversación y amistad. Y comenzamos a caminar entre esta selva de palmas en la que el cielo azul se ve raras veces.

El silencio es conmovedor. Parece una catedral gótica, vacía de fieles, señalada por los cuatro rayos divinos que consiguen tocar suelo entre el espeso palmeral.

La verdad es que tienes la sensación que va a aparecer un Brontosaurio detrás de cualquier espesura. Los ríos y sus cauces de agua acompañan salpicando de sonidos nuestro paseo. La posición de las hojas en forma de flecha dispuestas a recibir y acercar a su tallo cualquier gota de lluvia que el cielo quiera dejar caer. Las imponentes esculturas que dejan los viejos árboles de Coco de Mar al fenecer podridos, petrificados…

Es cierto! Es lo más parecido a la imagen bíblica del paraíso terrenal. No hay serpientes, ni manzanas. Pero esto seguro que se lo inventó el que escribió La Biblia: Esa gran novela best-seller.

Tras varias horas caminando, comenzó el sol a decaer. Y yo a trabajarme al guía para que se saltase, discretamente, las normas establecidas.

Lo que no le convencí con mi dialéctica, le convencieron algunas Rupias.

- Nada, nada, majete. Una ayudita...

Jean Nöel (me van a permitir usar un nombre falso) me impuso la única condición de dormir en una casa de guardas, ya que no se puede acampar. Por supuesto, ni hablar de hacer fuego o utilizar la linterna para no ser detectado.

Esto es como mi país:

Buena Gente + Buenas Ideas + Socialismo + Alguna Corrupción = Óscar Feliz.


Así pasó la noche.

Las estrellas cubrían nuestras cabezas llenando de luz un espacio dominado por el cri-crí de los grillos, el croar de las ranas, el leve murmullo de las hojas de palma mecidas por la brisa marina, el olor del salitre y el tenue, pero musical, tono de voz de Jean Nöel hablándome de las leyendas que rodean al preciado y apreciado Coco de Mar.

Es la única semilla bilobulada que puede llegar a alcanzar los veinte kilogramos de peso. Fue una fruta muy apreciada en la antigüedad puesto que era considerada curativa de enfermedades, antídoto de venenos y, quizás, debido a su extraordinario parecido a la cintura de una mujer, afrodisíaca.

En la relación del viaje de Magallanes en 1.519, se puede leer que, en esta palmera vivían unos enormes pájaros y que, ésta, crecía en medio del Océano, en una isla azotada por las tormentas más allá del Mar de Java (Indonesia).

Otra leyenda afirma que los frutos del Coco de Mar llegaron a las Maldivas arrastrados por la marea creyendo, sus habitantes, que provenían de una palmera submarina.

El misterio es que el Coco de Mar no flota. Se piensa que los habitantes de las Islas Maldivas, al Sur de La India y Sri Lanka, descubrieron la Isla de Praslín y mantuvieron en secreto la existencia de la Vallée de Mai.

Siempre, el Coco de Mar ha sido un fruto misterioso y muy apreciado.

¿Java?, ¿Maldivas? Me parece más razonable que los maldivos ya conocieran la existencia de Seychelles, de la Vallée de Mai.

Cayó la noche, el guía y, caí yo.

Caímos todos envueltos en un halo de mágica y lunática tristeza (como dice Víctor Manuel).


¡Pues sí! Cayó la noche. Se levantó el día. Pero yo, ¡no!

Más tarde de lo debido y, con más miedo a que Jean-Nöel perdiera su puesto de trabajo que, a ser visto por algún guardabosques, comencé a caminar por los caminos de arcilla con cara de turista disfrutando del verde paisaje que nos rodea.

Casi no puedo disfrutar del azul del cielo o de un benigno rayo de sol. La espesura y la altitud de las palmas convierten a este parque en un lugar de sombras y de miles de tonos verdes dignos de la paleta de cualquier renombrado pintor.

A la salida del Parque, tras pasar por la tienda de souvenirs, regresé haciendo dedo hacia mi hotel, dispuesto a descansar y a tomar buena nota de todo lo acontecido en estos dos días.

Un coche "pick-up" a la americana, pero de marca japonesa, hizo caso a mi señal. Digo que el coche me paró porque su conductor hizo caso omiso de la dirección de mi hotel. Antes de montar sobre la chapa del maletero descubierto, me hizo un gesto afirmativo, pero terminé en una lúgubre discoteca sin luz, junto al muelle, en la que sonaban las últimas canciones reagge del momento. Especialmente "Games people play" de Inner Circle.


"Sananaaa nananana nana Sananaaa nanana nana baby you & me yeah, in the games people play …. Sananaaa nanana nana."


No sé cuántas personas había pero, conté en la oscuridad unas sesenta dentaduras tan sonrientes como blancas.

No había mujeres, no había extranjeros. Sólo yo y la tribu.

Decidí salir fuera a tomar el fresco y situarme en el plano. La cercanía de la Marina delató que el hotel se encontraba a menos de un kilómetro del lugar. Mis vísceras hambrientas se retorcían como una serpiente malherida y mi cuerpo reclamaba una buena ducha.

Nada más por hoy. ¡Hasta mañana!

Mis vecinas, las del corral adyacente, se encargaron de la difícil tarea de levantarme. Palmeando paredes encontré el interruptor de una luz y, finalmente, el pomo de la puerta de la habitación.

El sol amenazaba con una jornada abrasiva y en mi mente se dibujaba un próximo destino: La Isla de La Digue.

Embarqué en un catamarán, mitad transporte local, mitad pesquero que iba a recorrer esta corta ruta. Partimos rumbo a La Digue con la mar en calma chicha y una suave brisa que no llegaba a fuerza uno.

Praslín queda atrás. Desde el mar parece más grande de lo que, realmente, es. Pero, menos hermosa.


La Digue aparece en el horizonte … Si, dibujada limpia y delgada, iluminada en por el sol casi en su totalidad, como dice Vidondo. Juro que no sabría definirlo mejor, ni con tanta belleza. ¡Si! La Digue era como una mujer con olor a barro árabe, a té verde, a cocotero, a pachulí, a ylang-ylang: Olía a esa frescura femenina que tiene el clavel recién regado. Olía a ese perfume de mujer bella, de mujer coqueta, a Lulú, a Dolce Vita, a Dolce & Gabanna…

Caminando por sus senderos de arcilla pisada, cruzándome con carros de bueyes conducidos por los veteranos taxistas isleños (en la isla es el medio de transporte más habitual junto con la bicicleta. Están prohibidos los vehículos a motor, sólo existen doce con licencia para circular desde el año 1.994).

Recuerdo escenas de películas idílicas a lo Bo Derek (mira que es fea esa tía). Dicen que aquí fue rodada una de sus películas más famosas …


Llego a mi alojamiento. El Hotel La Digue Lodge es algo difícil de superar. Sobre una playa de fina arena blanca salpicada de algas, troncos de palma y restos de coral, han levantado cabañas de madera, decoradas con exquisito gusto y sencillez. Una pequeña buhardilla a la que se accede por una escalera de madera a juego. Edredón, sábanas limpias, ventilador y baño privado. Un lujo en el paraíso de lo modesto, lo natural y lo sencillo. Este hotel con cabañas en forma de A, con el tejado hincado en la misma arena, es de ensueño.

Ya, en bici, continué por el camino que me trajo aquí, pero en la dirección no recorrida. Buscaba esa playa de postal donde al día siguiente iban a fotografiar a las modelos de Playboy.

Prefiero ir hoy. Prefiero estar solo y disfrutar de este bonito momento de intimidad y retiro siempre deseado y, a veces, tan necesario.


La verdad, es que tampoco me llaman mucho las chicas Playboy, pero la isla estaba revolucionada.(Claro, aquí no tienen Internet) Así que, como siempre, contra dirección y contra gustos.


Un habitante de la isla, del que pendían dos murciélagos de la manga de una camisa, me indicó que me había pasado de mi playa. Así que regresé sobre mis pasos, pensando en aquellos afortunados murciélagos tan añorados en las cazuelas de las cocinas locales.


¡¡¡Santo Dios !!! ¿¿¿ Cómo puede existir este sitio???

¡¡¡ Qué playón !!!

¡¡¡ Imagínate …. !!!

¡Rocas graníticas perfectamente moldeadas por el Océano, sus olas, su sal !

Arena blanca, suave, fina … ¿Coral, quizás ?

¿ Conchas…? ! No sé! ¿Cuántas quieres ?

¿Qué hago? Si me baño y buceo, me pierdo el espectáculo. Si disfruto del espectáculo no buceo. ¿Es posible que halla algo más bonito bajo las aguas del Océano?

No lo sé a ciencia cierta.

Lo que si sé, es que estoy pasmado. Que tengo que volver aquí, pero enamorado, con mi pareja. Este lugar no lo merezco disfrutar yo solo.


La playita en cuestión se llama Anse Source D'Argent. Creo que es tan famosa, que nadie viene a disfrutarla. Parece un escenario pintado de Hollywood. Sólo vienen a grabar anuncios, portadas de revistas y fotos de top-models. Pero, no es mi caso. (a pesar de este cuerpo de Tarzán que tengo)

Tras unas horas jugando con el fuerte oleaje, conseguí convencerme que tenía que volver a la playa a secarme.

Tenía las manos como una vieja de lo arrugadas que estaban. Las sentía como si me hubiera ido de viaje a Benidorm con el Inserso.

De regreso a esa soñada cabaña con forma de A, tras una ducha para quitarme la sal, y una buena cenita, comencé los trámites necesarios para continuar el viaje hacia un nuevo destino dentro del país…

Esta vez, se llama Aldabra.

Tras tres días de navegación hacia el Sudoeste topamos, de una forma muy intencionada, con esta bellísima isla que, alberga la mayor laguna de agua salada del mundo: Veinticinco kilómetros de largo.

Aldrabra, es un atolón coralino compuesto, permanentemente, por tres islas (más las que emergen o se sumergen dependiendo del capricho de las mareas).

La laguna sólo tiene un metro de profundidad, por lo que nos vimos obligados a anclar fuera del arrecife para poder disfrutar de los islotes, conocidos como Islas-Champiñón, donde se aposentan los "rachorcados" unas increíbles aves acuáticas que inflan su buche antes del apareamiento. (Una práctica, la de inflar el buche, poco recomendable para la especie humana. Puede producir hipo y enrojecimiento facial.

La verdad, es que el pájaro es único. Dicen que procede del Sudeste de La India, del área de Bombay. Tienen el pico largo y amarillo. El plumaje verde. Y, claro, como todo lo bonito, es especialmente escaso.

Los rachorcados atacan a otras aves para quitarles la comida. Mientras, el drenaje del atolón hace que la navegación en nuestras pequeñas zodiac se complique bastante. Tememos rozar la hélices. Pero, nos ha dado tiempo, antes de regresar al barco, a disfrutar de otra especie en extinción.

Los rascones, un ave endémica que, además, desde que desapareció el mítico Dodó de Isla Mauricio, se ha convertido en la única ave no voladora del Indico. El rascón, no ha aprendido la lección. Es afable y confiado. No tiene enemigos depredadores … pero, como el Dodó, no contaba con el hombre…

Finalmente, navegamos a remo. Sabía que algún día me iba a tocar dar palas… El coral del fondo marino golpea incesantemente el casco de nuestra embarcación. Hemos tenido que levantar el motor para evitar males mayores.


Los manglares nos van cubriendo y, cada vez, tenemos menos luz.


Acojonado me hallo. Y nadie quiere compartir mi sensación (aunque más de uno tiene los cataplines a la altura de las amígdalas).


El calor y la humedad, casi un noventa por ciento, hace el ambiente irrespirable. Esta es mi tercera camisa hoy y ya estoy harto.

Como siempre: Óscar, tú decides. O ves el reportaje en "La 2", o lo disfrutas en persona. Así que, sin camisa, pecho de toro y a aguantar el chaparrón. ¡Que luego te quiten lo baila'o!

En el espeso manglar, estamos buscando tortugas… ¡gigantes, claro!

Ahí hay una joven. Sólo tiene cuarenta y cinco años y pesa unos treinta y cinco kilos. ¿Joven? !Podría ser mi madre!

Se aparean e incuban huevos durante diez o doce semanas y esto sucede entre los meses de Octubre y Diciembre.

El apareamiento es espectacular.

El ruido de las conchas parece el público de "El Semáforo" cuando alguien canta mal y hacen sonar las cacerolas.

Al igual que en los troncos de los árboles, la edad de las tortugas se puede calcular por los anillos que muestran en sus conchas. Lo malo es que te toque la de ciento cincuenta años y, hay quien dice, que viven hasta doscientos años y llegan a pesar doscientos cincuenta kilogramos.

Y ahora, muy en serio.

Las Islas Seychelles, fueron colonia británica hasta 1.978. La "civilización", los americanos, intentaron construir aquí, en Aldabra, una base militar. Hoy, estas islas son, gracias a dios, Patrimonio de la Humanidad, Gracias a que estos señores no consiguieron una financiación suficiente para llevar a cabo su proyecto.

Nada más que decir. Nada más que añadir a este respecto.


Continuamos navegando.

En el diario de abordo, calma chicha, con derrotero hacia las Comores y, poco más … hasta que una tormenta dirigió el cascarón hacia donde quiso.

Lógicamente, tratamos de costear lo máximo posible para no perder el rumbo, esquivando las áreas de arrecifes y las enormes olas que llenaban la cubierta de la goleta de agua y espuma …

Terminamos en Inhambane, Mozambique… o eso creo.


(C) ÓSCAR QUIRÓS, FEBRERO 1.995



Epílogo
"Yo, he visto cosas que vosotros no creeríais.
Atacar naves en llamas más allá de Orión.
He visto Rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhaussen.
Todos esos momentos se perderán ... en el tiempo...,
como lágrimas en la lluvia.
Es hora de morir."
Monólogo de Nexus VI, de la película "BLADE RUNNER".
- - - X X X - - -
"Yo, sólo so yo, cuando estoy sólo" (Miguel Hernández)
- - - X X X - - -
" Amada, madre amada:
No me digas que hable de la muerte...
morirse no es pecado.
Al fin y al cabo, todo el mundo muere.
El pecado es no vivir."
- - - X X X - - -
"Padre:
No hay amor que esté sólo,
ni que acabe con la muerte."
- - - X X X - - -
"Lo importante es amar
no a quién se ama." (Antonio Gala)
- - - X X X - - -
"Dicen que todos los caminos llevan a Roma, pero...
Roma, no es imprescindible."
- - - X X X - - -
" La ciencia da años a la vida,
no vida a los años," (Antonio Gala)
- - - X X X - - -
" La sonrisa cuesta menos que la electricidad
y... alumbra más"

Glosario



Anse. En francés, Ensenada.

a.n.e. Antes de nuestra era.
Baie. En francés, Bahía.
Bay. En inglés, Bahía.
Best-seller. En inglés, Lo mejor vendido.
Credit Cards. En inglés, Tarjetas de Crédito.
Derrotero. Término marinero que se utiliza para designar el rumbo establecido de la embarcación.
El Semáforo. Conocido concurso de televisión en el que los participantes cantan y el público demuestra su conformidad o no, haciendo sonar cacerolas de cocina.
Île. En francés, Isla.
Inner Circle. Grupo musical de origen jamaicano, afincado en Suecia.
Inserso. Instituto de Servicios Sociales español, que entre otras funciones, sortean viajes de bajo costo a la playa para los mayores de 65 años.
La 2. La segunda cadena de la televisión estatal española que difunde frecuentes documentales en su programación diaria.
Mini-Moke. Automóvil británico de la marca Rover muy frecuente en las Islas Seychelles.
Morne. En francés, Pico, montaña.
Mr. Bean. Conocido personaje humorístico creado e interpretado por el actor británico William Atckinson.
Oxy-car. Taxi típico de las Seychelles, tirado por bueyes.
Parisienne. En francés, nativo/a de París.
Pick-up. En inglés, Término utilizado para designar a los automóviles de tracción total semitechados, con un amplio maletero descubierto.
Seychelloise. En francés y criollo, procedente, nativo/a de Seychelles.
Shower. En inglés, ducha. También se utiliza para denominar a las esporádicas lluvias torrenciales breves.


Bibliografía

Amsler, Jean, Historia universal de las exploraciones, Tomo II. Ed. Espasa-Calpe S.A., Madrid. 1.989.

Burac, Maurice. La Tierra un planeta espectacular. Ed. Reader's Digest S.A. de C.V., México, 1.995.

Camerapix Publishers International, Spectrum guide to Seychelles. P.O. Box 45048, Nairobi, Kenya, 1.993.

Corporación de Turismo de Venezuela. Venezuela, El secreto del Caribe. Caracas, Venezuela, 1.990.

Hereter, Roman. Artículo "Santa Lucía, calma antillana." Revista Viajar. Num.126 Ediciones Mensuales. Madrid, 1.996.

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Quirós Romero, Óscar. Artículo "El Tíbet Andino." Revista Soy Mágica. Num. 2. Madrid, 1995.

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Varios, Highlights of the Caribbean. Ed. Berlitz Publishing S.A. 3rd Edition. Laussanne, 1.990.

1 comentario:

Jacaranda dijo...

Muy bonitos tus cuadernos de viaje.
Ha salido la plaza para la oficina de turismo de Albalate, creo que el plazo es hasta el 29 de abril. Hasta donde yo se no lo han publicado en ningun boletin oficial, alegan urgencia quizas para que no se entere mucha gente. Yo me he enterado de casualidad y recorde que a ti te interesaba esa plaza, no se si aun te interesa pero animo y suerte.
jacaranda - Nueva Sierra